El Ser en Movimiento

Israel Centeno

Tiempo, Memoria y la Paradoja del Barco de Teseo

“Yo soy ahora lo que no era antes, y tampoco lo que seré en el futuro.”

¿Quién soy, si todo en mí cambia? ¿Qué permanece, si la experiencia del presente me transforma, el recuerdo me reconfigura y la muerte me despoja del cuerpo? Estas preguntas nos enfrentan al misterio más íntimo de la existencia: la permanencia del ser en medio del devenir.

I. El barco de Teseo y la identidad en el cambio

La clásica paradoja del barco de Teseo plantea si un objeto que ha tenido todos sus componentes reemplazados sigue siendo el mismo objeto. Aplicada al ser humano, la pregunta se vuelve aún más profunda: si mis células cambian, si mis recuerdos se modifican, si mis emociones y deseos se transforman, ¿soy aún el mismo?

Lo que esta paradoja revela no es un mero juego lógico, sino una intuición fundamental: la identidad no es una sustancia inmóvil, sino una continuidad estructurada, una forma que permanece mientras su materia fluye. En términos aristotélicos, el ser se manifiesta como acto y potencia: soy actual en mi presente, pero contengo la potencia de lo que fui y de lo que seré.

II. El tiempo como horizonte del ser finito

El tiempo no es un contenedor neutro en el que ocurren los cambios. Para el ser consciente, el tiempo es una dimensión vivida. Agustín de Hipona lo expresó con claridad: el pasado es memoria, el futuro es expectativa, el presente es atención. El tiempo, entonces, no es tanto lo que pasa, sino lo que el alma conserva.

Sin memoria no hay tiempo, solo instantes inconexos. El ser finito construye su identidad al narrarse, al grabar en su interior un flujo que se convierte en historia. Por eso, la muerte no interroga únicamente sobre el cuerpo, sino sobre esa huella interior: ¿a dónde va mi identidad? ¿Se disuelve o permanece?

III. La memoria como inscripción del ser

La memoria no es solo recuerdo, sino configuración del yo. A través de ella, el ser finito reordena sus experiencias y se reconoce. Somos memoria que se actualiza constantemente, que reelabora lo vivido y proyecta lo porvenir. El ser graba, y en ese grabar se sostiene.

E incluso si el cuerpo muere, ¿no será esa memoria —ese modo de ser grabado— susceptible de otra forma de existencia? Aquí se abre la posibilidad de una trascendencia que no niega el tiempo, sino que lo eleva: una memoria eternizada, no como repetición, sino como consumación.

IV. Actualidad, potencialidad y la vida post mortem

Desde la metafísica tomista, todo ser actualiza lo que antes estaba en potencia. La vida humana es una constante actualización: nacemos con potencialidades que, al desarrollarse, nos configuran como sujetos. Pero si hay en nosotros un principio espiritual —no reducible a la materia—, entonces esa actualización puede continuar más allá de la muerte.

El cristianismo propone que la identidad no se pierde, sino que se transfigura en la resurrección, no como restauración material exacta, sino como permanencia del yo en su totalidad. El cuerpo glorioso es la forma final de esa continuidad personal.

V. Conclusión: entre el ahora que pasa y el yo que permanece

El ser humano vive una paradoja: está siempre cambiando, pero se reconoce como el mismo. Es acto, pero también potencia. Vive en el tiempo, pero desea eternidad. Su yo está hecho de presente, pero hilado de pasado y proyectado hacia el porvenir.

Así como el barco de Teseo sigue siendo el mismo mientras cambia, yo soy yo mientras me transformo, porque hay algo —una forma, una memoria, una vocación de sentido— que permanece.

Y si ese “algo” tiene un origen divino, entonces su destino no puede ser la nada, sino la plenitud.

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