La Sábana no es dogma de fe. No creemos en la resurrección por la Sábana, pero sigue siendo motivo de asombro lo que se encuentra al estudiarla y al tratar de replicarla sin éxito, a pesar de que algunos afirman que fue producida en la Edad Media.
La Sábana de Turín ha sido, durante siglos, objeto de devoción y controversia. Más allá de los debates sobre su autenticidad histórica, recientes aplicaciones de inteligencia artificial (IA) han permitido aproximaciones inéditas a la imagen grabada en el lienzo. Estos estudios no han revelado códigos ocultos ni mensajes intencionales, sino algo más fundamental: patrones geométricos y matemáticos consistentes que sugieren un proceso de formación no explicado satisfactoriamente.
Entre los hallazgos destacan los obtenidos con análisis de componentes principales (PCA), una técnica que elimina el ruido de los datos y resalta las variables más significativas. Al aplicarla a escaneos digitales de alta resolución, los investigadores observaron que la figura humana pasaba a un segundo plano y emergía un campo de información. La gradación de luces y sombras mostraba una consistencia matemática precisa: la intensidad de la impronta variaba de manera proporcional a la distancia hipotética entre cuerpo y tela. En otras palabras, la Sábana contiene información tridimensional que sigue una regla física estable: cuanto más cerca el cuerpo, más fuerte la señal; cuanto más lejos, más débil¹.
Asimismo, la IA detectó un andamiaje geométrico subyacente en zonas anatómicas específicas, como las manos y la curvatura de las costillas. Estos patrones habían permanecido invisibles al ojo humano, ocultos por la trama del lino y los daños acumulados. Para descartar errores, los modelos de IA fueron alimentados con imágenes de otros lienzos antiguos y obras artísticas. El resultado fue concluyente: la estructura geométrica era exclusiva de la Sábana de Turín².
Las implicaciones son significativas. La precisión geométrica y la tridimensionalidad observadas hacen improbable que la imagen haya sido generada por contacto directo —lo que produciría manchas irregulares—. Sugieren, más bien, un proceso de proyección, como si alguna forma de energía hubiera transmitido la información desde cierta distancia.
Entre las hipótesis exploradas se encuentran el efecto corona, en el que un campo eléctrico de alto voltaje alrededor de un cuerpo podría haber dejado una impronta superficial, y la de un pulso de radiación ultravioleta, capaz de afectar únicamente la capa más externa de las fibras³. Sin embargo, hasta ahora ningún experimento ha conseguido reproducir, al mismo tiempo, las características únicas de la Sábana:
La superficialidad de la coloración (limitada a las fibrillas externas del lino).
Su naturaleza de negativo fotográfico.
La coherencia tridimensional de la intensidad de la imagen.
La presencia de patrones geométricos consistentes.
En conclusión, los estudios con IA no han resuelto el debate sobre la edad de la Sábana, pero sí han desplazado la discusión hacia otro terreno: el de su estructura informacional. El lienzo no es solo objeto de análisis histórico o artístico, sino un fenómeno que contiene información tridimensional organizada bajo reglas matemáticas. En este sentido, la Sábana de Turín, lejos de ser un simple vestigio textil, continúa representando un desafío abierto para la ciencia contemporánea.
Notas
Thomas McAvoy, Artificial Intelligence Analysis of Images of the Shroud of Turin, International Journal of Astrophysics and Space Science, vol. 13, n.º 1, 2025.
Three-Dimensional Reconstructions of the Shroud of Turin: From Photographic Negatives to AI-Enhanced Forensic Analysis, Academia.edu, 2024.
Giulio Fanti et al., Comparative tests on various image formation hypotheses simulating the Turin Shroud image, Journal of Imaging Science and Technology, vol. 63, n.º 6, 2019.
📖 English Version
What Does Artificial Intelligence Tell Us About the Shroud of Turin?
The Shroud is not a dogma of faith. We do not believe in the resurrection because of the Shroud, but it remains a source of wonder when studied and when replication attempts continue to fail, despite claims that it was produced in the Middle Ages.
The Shroud of Turin has, for centuries, been an object of devotion and controversy. Beyond debates about its historical authenticity, recent applications of artificial intelligence (AI) have enabled unprecedented approaches to the image imprinted on the cloth. These studies have not revealed hidden codes or intentional messages, but rather something more fundamental: consistent geometric and mathematical patterns that suggest a process of formation not yet satisfactorily explained.
Among the findings are those obtained through principal component analysis (PCA), a technique that eliminates noise in datasets and highlights the most significant variables. When applied to high-resolution digital scans, researchers observed that the human figure receded into the background, and what emerged was a field of information. The gradation of light and shadow revealed precise mathematical consistency: the intensity of the imprint varied in proportion to the hypothetical distance between body and cloth. In other words, the Shroud contains three-dimensional information that follows a stable physical rule: the closer the body, the stronger the signal; the farther away, the weaker.¹
AI also detected an underlying geometric scaffolding in specific anatomical regions, such as the hands and the curvature of the ribs. These patterns had remained invisible to the human eye, concealed by the weave of the linen and centuries of damage. To rule out errors, AI models were tested with images of other ancient linens and artistic works. The result was conclusive: the geometric structure was unique to the Shroud of Turin².
The implications are significant. The observed geometric precision and three-dimensionality make it unlikely that the image was generated by direct contact—which would have produced irregular smudges. Rather, they suggest a process of projection, as though some form of energy had transmitted the information from a distance.
Proposed hypotheses include the corona discharge theory, in which a high-voltage electric field around a body could leave a superficial imprint, and that of a short burst of ultraviolet radiation, capable of affecting only the outermost fibers of the linen³. Yet no experiment to date has succeeded in reproducing all the Shroud’s unique features at once:
The superficial nature of the coloration (limited to the outer fibrils of the linen).
The photographic negative quality of the image.
The three-dimensional coherence of the imprint’s intensity.
The presence of consistent geometric patterns.
In conclusion, AI-based studies have not resolved the debate about the age of the Shroud, but they have shifted the discussion toward another domain: its informational structure. The cloth is not merely an object of historical or artistic analysis, but a phenomenon containing three-dimensional information organized under mathematical rules. In this sense, the Shroud of Turin, far from being a simple textile relic, continues to pose an open challenge to contemporary science.
Notes
Thomas McAvoy, Artificial Intelligence Analysis of Images of the Shroud of Turin, International Journal of Astrophysics and Space Science, vol. 13, no. 1, 2025.
Three-Dimensional Reconstructions of the Shroud of Turin: From Photographic Negatives to AI-Enhanced Forensic Analysis, Academia.edu, 2024.
Giulio Fanti et al., Comparative tests on various image formation hypotheses simulating the Turin Shroud image, Journal of Imaging Science and Technology, vol. 63, no. 6, 2019.
The Eternal as Rebellion: Gen Z, Alpha, and the Return to the Sacred
Español
El siglo XXI avanza con una particularidad: la transición generacional se produce bajo el signo de las plataformas digitales. La manera en que los jóvenes se definen, debaten y se agrupan ya no pasa por instituciones tradicionales, sino por redes donde conviven símbolos, discursos y comunidades dispersas. La Generación Z, que hoy tiene entre 13 y 28 años, y la emergente Generación Alpha, que apenas comienza a configurarse como sujeto colectivo, crecen bajo un escenario de saturación informativa, polarización política y crisis de sentido. En contraste, los millennials —quienes dominaron la narrativa cultural desde inicios de los 2000— comienzan a mostrar los límites de su modelo progresista, individualista y materialista. Una de las señales más claras de este agotamiento se refleja en la baja natalidad: los millennials liberales tienden a evitar la formación de familias y a postergar, o incluso renunciar, a tener hijos, mientras que sus pares conservadores han mantenido tasas de natalidad más altas1.
Es en este cruce entre biografía, demografía y cultura digital donde se abre un espacio para pensar si el futuro inmediato no podría estar marcado por un reflujo progresista y una revalorización de los valores tradicionales, entendidos no como una restauración mecánica del pasado, sino como un redescubrimiento de aquellas fuentes de sentido que otorgan estabilidad: la familia, la religión, la comunidad, la trascendencia. Paradójicamente, lo que antes se percibía como ortodoxo o incluso como conformista —ser católico, profesar una fe, buscar en lo eterno un horizonte— comienza a adquirir un aura de rebeldía. Para muchos jóvenes de la Generación Z, asistir a la misa en latín, orar en silencio o proclamar una vida antimaterialista es hoy un gesto contracultural frente a una sociedad entregada a la banalidad del consumo y la aceleración tecnológica. En una época que se pretende emancipadora, el regreso a lo sagrado aparece como la verdadera disidencia.
En Estados Unidos, este contraste se refleja con nitidez. De acuerdo con el U.S. Census Bureau (2024), la tasa de natalidad de los millennials progresistas es un 20% inferior a la de los conservadores de su misma cohorte, con sólo el 30% de los progresistas entre 29 y 44 años teniendo hijos, frente al 50% de los conservadores2. Esta diferencia, aunque pueda parecer pequeña, tiene implicaciones profundas: en la medida en que los progresistas priorizan el estilo de vida individual, son los conservadores quienes están criando a la Generación Alpha. La Generación Z, por su parte, ha sorprendido a analistas al mostrar una inclinación hacia prácticas religiosas que sus padres dieron por superadas. El interés por la misa en latín entre los jóvenes católicos es uno de los ejemplos más llamativos: según Barna Group (2024), un 20% de los católicos de esta generación ha asistido a parroquias tradicionales, frente a apenas un 10% de los millennials en su momento3. No es sólo una preferencia litúrgica: es un modo de afirmar una identidad en un entorno que considera la fe como algo superfluo.
Las plataformas digitales, lejos de ser neutrales, funcionan como vitrinas simbólicas de este pulso. X, con la “X” negra que Elon Musk impuso como logotipo, se ha convertido en un espacio de resistencia frente a la censura y el control algorítmico. En paralelo, Bluesky, con su mariposa azul, es percibido como refugio progresista, aunque con alcance limitado. En YouTube y Spotify proliferan canales y podcasts de corte católico o filosófico —Sensus Fidelium, Pints with Aquinas, Word on Fire— que alcanzan millones de visualizaciones. Y en Substack, escritores de nicho conservador encuentran un hogar para pensar y discutir sin las restricciones de la corrección política. Que lo católico, lo cristiano, lo trascendente aparezca con fuerza en estas plataformas —donde lo banal y lo efímero parecen gobernar— revela que la contracultura de nuestro tiempo no lleva crestas ni consignas, sino sotanas, rosarios y textos antiguos.
En Europa Occidental, el proceso de secularización parece consolidado, con tasas de natalidad en mínimos históricos y religiosidad institucional débil. Sin embargo, emergen resistencias: jóvenes que peregrinan a Chartres, comunidades que redescubren la liturgia tradicional, minorías que, en medio de una sociedad escéptica, se aferran a la fe como una forma de identidad. Su marginalidad, lejos de debilitarlos, les da un brillo de autenticidad. En Polonia y Hungría, la religiosidad ha recuperado un peso político y social inesperado, mientras que en Rusia y Rumanía la Iglesia Ortodoxa se afianza como pilar identitario4.
América Latina, por su parte, mantiene un cristianismo masivo y dinámico, dividido entre catolicismo y evangelismo, pero coincidente en su énfasis en la familia y la comunidad. África, con su demografía desbordante y su religiosidad vibrante, se perfila como el gran protagonista del futuro: allí donde se concentra la vida, la fe no es un residuo del pasado, sino un motor de cohesión5. En Asia, la pluralidad es extrema: Japón y Corea del Sur encarnan la secularización, pero la India, Filipinas y la China rural conservan tradiciones que siguen marcando a millones.
Si se observan en conjunto, estos procesos sugieren un patrón: allí donde el progresismo cultural parece triunfar, también se desgasta en la baja natalidad, en la pérdida de cohesión, en la desorientación existencial. Y allí donde la tradición parecía declinar, resurgen signos de vitalidad: jóvenes que buscan liturgias antiguas, comunidades que se fortalecen en medio de la crisis, religiosidades vibrantes en continentes demográficamente centrales. No se trata de anunciar un destino inevitable, pero sí de reconocer que, en un mundo saturado de promesas de libertad sin arraigo, lo verdaderamente contracultural parece ser volver a lo esencial: la familia, la fe, la trascendencia. Quizá el siglo XXI, lejos de ser la era de la secularización definitiva, sea el tiempo en que el alma humana, cansada del vértigo, se atreva a regresar a lo que nunca dejó de anhelar.
English
The twenty-first century advances with a peculiarity: generational transition takes place under the sign of digital platforms. The ways in which young people define themselves, debate, and gather no longer pass through traditional institutions but through networks where symbols, discourses, and scattered communities coexist. Generation Z, now between 13 and 28 years old, and the emerging Generation Alpha, just beginning to take shape as a collective subject, grow up in a context of information saturation, political polarization, and crisis of meaning. By contrast, millennials—who dominated cultural narratives since the early 2000s—are beginning to reveal the limits of their progressive, individualist, and materialist model. One of the clearest signs of this exhaustion is reflected in low birth rates: liberal millennials tend to avoid family formation and to postpone, or even renounce, having children, while their conservative peers have maintained higher fertility rates1.
It is at this intersection of biography, demography, and digital culture that one can consider whether the near future may be marked by a progressive ebb and a revaluation of traditional values, understood not as a mechanical restoration of the past but as a rediscovery of those sources of meaning that offer stability: family, religion, community, transcendence. Paradoxically, what was once perceived as orthodox or even conformist—being Catholic, professing faith, seeking in the eternal a horizon—now acquires an aura of rebellion. For many young people of Generation Z, attending the Latin Mass, praying in silence, or proclaiming an anti-materialist life is today a countercultural gesture in a society surrendered to the banality of consumption and technological acceleration. In an age that prides itself on emancipation, the return to the sacred appears as the true dissent.
In the United States, this contrast is clear. According to the U.S. Census Bureau (2024), the fertility rate of progressive millennials is 20% lower than that of conservatives in the same cohort, with only 30% of progressives aged 29 to 44 having children, compared to 50% of conservatives2. This difference, though seemingly small, has profound implications: as progressives prioritize individual lifestyles, conservatives are the ones raising Generation Alpha. Generation Z, for its part, has surprised analysts by showing an inclination toward religious practices their parents considered outdated. Interest in the Latin Mass among young Catholics is striking: according to Barna Group (2024), 20% of Catholic Gen Zers have attended traditional parishes, compared to just 10% of millennials at their age3. This is not merely a liturgical preference: it is a way of affirming identity in an environment that treats faith as superfluous.
Digital platforms, far from neutral, serve as symbolic showcases of this cultural pulse. X, with the black “X” imposed by Elon Musk as logo, has become a space of resistance to censorship and algorithmic control. By contrast, Bluesky, with its blue butterfly, is perceived as a progressive refuge, though with limited reach. YouTube and Spotify host countless Catholic or philosophical channels and podcasts—Sensus Fidelium, Pints with Aquinas, Word on Fire—that reach millions. And on Substack, conservative niche writers find a home to think and debate without the constraints of political correctness. That Catholicism, Christianity, and transcendence should appear so strongly in these platforms—where banality and ephemerality seem to reign—reveals that the counterculture of our time wears no mohawks or slogans, but cassocks, rosaries, and ancient texts.
In Western Europe, secularization appears consolidated, with fertility rates at historic lows and institutional religiosity weakened. Yet resistance emerges: young pilgrims walking to Chartres, communities rediscovering traditional liturgy, minorities that, amid skeptical societies, cling to faith as a form of identity. Their marginality, far from weakening them, lends them an aura of authenticity. In Poland and Hungary, religiosity has regained unexpected political and social weight, while in Russia and Romania the Orthodox Church consolidates itself as an identity pillar4.
Latin America, meanwhile, maintains a massive and dynamic Christianity, divided between Catholicism and Evangelicalism but converging in its emphasis on family and community. Africa, with its overflowing demography and vibrant religiosity, stands as the great protagonist of the future: where life abounds, faith is not a residue of the past but a motor of cohesion5. In Asia, plurality is extreme: Japan and South Korea embody radical secularization, while India, the Philippines, and rural China retain traditions that continue to mark millions.
Viewed together, these processes suggest a pattern: where progressive culture seems triumphant, it also suffers wear—low fertility, loss of cohesion, existential disorientation. And where tradition seemed in decline, signs of vitality reappear: young people seeking ancient liturgies, communities strengthening amid crisis, vibrant religiosity in demographically central continents. This is not to proclaim an inevitable return of traditional values, but to recognize that in a world saturated with promises of rootless freedom, the truly countercultural act may be to return to the essential: family, faith, transcendence. Perhaps the twenty-first century, far from being the age of definitive secularization, will be the time when the human soul, weary of vertigo, dares to return to what it never ceased to long for.
Notes
Footnotes
Pew Research Center, “Religion and Family in America,” 2023. ↩↩2
U.S. Census Bureau, Fertility by Demographic Groups, 2024. ↩↩2
Estuve pensando en Roberto Roena toda la tarde. No fue nostalgia. Fue otra cosa. Un sacudón por dentro. Un bajo, desde lo más hondo, se activaba y empezaba a remover cosas viejas. Y en medio de esa sensación aparecieron los recuerdos del 79, 80. Yo con 19 o 20 años. Saliendo de la adolescencia pero todavía sin escudo. Medio ñángara, medio malandro, en ese punto en que uno quiere cambiar el mundo y, al mismo tiempo, se derrumba si la mujer que quiere lo ignora.
Vivía en el oeste de Caracas. Y allá la salsa no era una estética ni una pose. No era para turistas que visitan “El maní es así”, ni para la clase media haciendo su ronda emocional en Sabana Grande. Era nuestra manera de hablar del dolor sin quedar en ridículo. Era la manera de sentir sin tener que explicar tanto. Y en esa banda sonora, Roberto Roena tenía un lugar central. No era ídolo: era clave. Sus discos no eran colección de éxitos. Eran fragmentos de una verdad no revelada.
Y claro, estaba Denise. La Negra. Una flaca hermosa y terrible. Se movía en sol mayor y en carne viva. Estaba perfecta. Pero no era para mí. Aunque a veces, por momentos, parecía que sí. En otra fiesta, semanas antes, me cayó a besos con maldad. Parecía una corroncha. Me dejó el cuello marcado. Al día siguiente todo el mundo jodiendo: “A ti te chupó un mosquito bembón”, “¿Tú eres marico?”, “¿Donaste sangre o qué?” Y uno ahí, entre la burla y la satisfacción de haber sido mordido por la negra, queriendo defender algo que ni siquiera entendía. Porque el amor, cuando no es claro, es una trampa que uno se pone solo.
Y luego, aquella tarde en casa de Kike. No había rastro de besos ni de corronchería. Solo distancia y dialectica. Denise me bailó un par de temas, sonreía no debía nada, y de pronto se lanzó a la pista con otro. Uno más suelto, más calle, más decidido. Yo me quedé quieto, con el vaso en la mano, la lengua seca y el pecho abollado.
Y entonces sonó “Mi Desengaño”. La percusión entró seca, el bajo pesado. Tito Cruz no cantaba. Declaraba. “Cuando despierte, diré… mi desengaño.” la melopea de lo que yo no aceptaba. El Apollo Sound no fallaba. Era exacto. Era música y percusión con precisión asesina. Roena sabía dar espacio. Sabía cuándo dejar que las palabras hicieran daño y cuándo meter los metales para levantar al muerto.
Y entró “Marejada Feliz”. Más melódica, más suave. Pero no por eso menos feroz. “La playa de mi cariño…” decía, y yo entendí que la felicidad era una banalidad del mal. Viene como un regalo, castiga y se va. Yo la miraba. A Denise. Girando, riendo, soltándose. Su cuerpo me descargaba y me decía: qué va, mi amor, contigo ni pa’ la esquina. Música, y Roena predicando. Era el pastor del fin de mis tiempos.
Y ahí pasó algo que no entendí del todo. No fue iluminación ni milagro. Fue más bien una certeza sin forma. Alguien se sentó al lado mío, invisible y no dijo nada. Solo era presencia. Un silencio que no juzga. Un acompañamiento mudo. Y supe —o creí saber— que Dios estaba ahí. No el Dios de las templos del reino, no el de los sermones. Uno más callado. Más discreto. Uno que viene y se sienta contigo cuando no queda nada y espera a que respires de nuevo.
La fiesta seguía, pero para mí ya todo estaba en bajada, era El guagancó del Adiós. El sonido se iba apagando. Roena entraba en fade out. Denise se alejaba. El timbal sonaba, marcaba el final de lo que nunca había comenzado pero estaba ahí, pulsátil; una hinchazón de encía. Y en medio de ese apagón lento, supe que era todo. No había más vuelta. La Negra no era mía. El amor no se fuerza. La música puede enseñarte cosas que ni los libros ni los amigos saben.
Y cuando todo calló, cuando quedó solo la vibración en el cuerpo, yo sentado permanecí tranquilo con las remoras del alcohol, escuchando el silencio de una última nota. Y sentí que había algo más. Algo pasivo. Aunque Denise ya no estuviera, aunque el momento se hubiese perdido, aunque las bromas de los panas siguieran flotando como zancudos en la memoria, algo adentro pulsaba.
Desde las ruinas del sujeto Desde la Babel de las identidades Desde un mundo sin centro
Estimado Sr. Derrida,
Nos enseñó a desconfiar. A sospechar del texto, de la tradición, del sujeto, del significado mismo. Nos enseñó a deconstruir. Y lo hicimos. Con entusiasmo. Con furia. Con precisión académica.
Pero hoy le escribimos desde el otro lado de ese proceso.
Desmantelamos la historia. Desactivamos las metanarrativas. Desconfiamos de todo y de todos. Desarmamos al sujeto hasta que resultó irreconocible. Reducimos la justicia a una estructura de poder. Y declaramos a Dios una invención lingüística.
Ahora vivimos entre ruinas simbólicas.
Le preguntamos, con la humildad de quienes han perdido el camino: ¿Cómo puede una civilización trazar un mapa de esperanza sin un marco? ¿Cómo construir un futuro cuando todo significado es sospechoso, toda verdad es relativa, toda belleza es contingente, y todo valor no es más que un eco del poder?
Usted enseñó que toda construcción puede y debe ser desmantelada. Pero ¿puede el hombre vivir sin construcciones? ¿Sin un consenso mínimo sobre el bien, la justicia, la equidad, la oportunidad? ¿Puede vivir en un mundo donde el único dogma es que no hay dogmas? ¿Donde todo se mueve, pero nada echa raíces? ¿Donde todo es lenguaje, pero ya no hay palabras que unan?
¿Puede una sociedad vivir sin verdades trascendentes, sin Dios, sin alma? ¿Puede siquiera sobrevivir?
Usted legó una herramienta poderosa. Pero la convertimos en un método absoluto. La deconstrucción—que alguna vez fue una vía posible hacia la clarificación—se convirtió en una fábrica de escepticismo, una maquinaria de disolución.
Y hoy, Sr. Derrida, vivimos en una época de emoción sin fundamento, identidades en guerra, moralidad líquida, arte sin referencia, el yo disperso, los derechos convertidos en armas.
¿No vio usted venir esto? ¿O era este el destino inevitable de su legado?
Vemos ahora cómo sus ideas fueron recogidas por Michel Foucault, quien transmutó el poder en la misma gramática de lo social. Y por Judith Butler, quien redujo el género a pura performance y negó la coherencia del cuerpo. Y por Lyotard, quien proclamó la muerte de las grandes narrativas. Y por Jean-Luc Nancy, quien disolvió la comunidad en fragmentos del ser-con.
Este es el mundo que queda: Un museo de ruinas, curado por activistas. Una democracia donde el lenguaje ya no une. Una civilización donde la literatura es ilegible, la filosofía no se puede enseñar, el arte es inefable.
¿Puede haber belleza en un mundo sin verdad? ¿Puede haber ética en un mundo sin sustancia? ¿Puede haber sentido en un mundo donde todo significante se disuelve?
No preguntamos como enemigos, sino como herederos inquietos: ¿Dónde comienza la reconstrucción? ¿En el silencio? ¿En un retorno a la metafísica? ¿En la humildad? ¿En el misterio?
O quizá, en una larga mirada al abismo—y la decisión de amar de todos modos.
Desde el borde del abismo, un ser que aún anhela sentido.
Interludio: Sobre la Actualidad y la Potencialidad del Ser, la Memoria y el Paso Más Allá de la Muerte
Para comprender el misterio del yo—ese “yo” que persiste a través del río del tiempo—debemos distinguir entre actualidad y potencialidad, entre el ser que es y el ser que puede llegar a ser.
Aristóteles enseñó que el ser siempre está en movimiento: la bellota es potencialmente un roble. El yo, también, es un devenir. Sin embargo, en medio de ese devenir, hay un sentido de permanencia. Sigo siendo yo, incluso mientras cambio.
La memoria es la silenciosa guardiana del tiempo. Sin memoria, el tiempo desaparece. Porque el tiempo, en su sentido más profundo, no es el tic de un reloj, sino la huella del cambio impresa en un ser consciente. Las piedras no sienten el pasado. Nosotros sí.
Y este yo que recuerda también anticipa. Soy lo que fui, pero también lo que llegaré a ser. El presente, entonces, no es un punto—es un tramo entre la remembranza y la esperanza.
Ahora preguntamos: ¿qué ocurre en la muerte? ¿Qué pasa con este yo, este centro de memoria y anticipación?
Si todo lo que soy es la configuración actual de materia y neuronas, entonces la muerte me disuelve. Pero si soy más que materia—si soy un ser que sabe que es, que recuerda y que anhela—entonces quizá mi ser no se extingue, sino que se transforma.
La fe nos enseña esto: que el alma, como forma del cuerpo y centro de la persona, no se deshace con la descomposición. La resurrección no es la negación de la muerte, sino su transfiguración. En esa esperanza, el alma preserva su identidad, incluso mientras se despoja de su envoltura mortal.
“Yo soy ahora lo que no era antes, y tampoco lo que seré en el futuro.”
¿Quién soy, si todo en mí cambia? ¿Qué permanece, si la experiencia del presente me transforma, el recuerdo me reconfigura y la muerte me despoja del cuerpo? Estas preguntas nos enfrentan al misterio más íntimo de la existencia: la permanencia del ser en medio del devenir.
I. El barco de Teseo y la identidad en el cambio
La clásica paradoja del barco de Teseo plantea si un objeto que ha tenido todos sus componentes reemplazados sigue siendo el mismo objeto. Aplicada al ser humano, la pregunta se vuelve aún más profunda: si mis células cambian, si mis recuerdos se modifican, si mis emociones y deseos se transforman, ¿soy aún el mismo?
Lo que esta paradoja revela no es un mero juego lógico, sino una intuición fundamental: la identidad no es una sustancia inmóvil, sino una continuidad estructurada, una forma que permanece mientras su materia fluye. En términos aristotélicos, el ser se manifiesta como acto y potencia: soy actual en mi presente, pero contengo la potencia de lo que fui y de lo que seré.
II. El tiempo como horizonte del ser finito
El tiempo no es un contenedor neutro en el que ocurren los cambios. Para el ser consciente, el tiempo es una dimensión vivida. Agustín de Hipona lo expresó con claridad: el pasado es memoria, el futuro es expectativa, el presente es atención. El tiempo, entonces, no es tanto lo que pasa, sino lo que el alma conserva.
Sin memoria no hay tiempo, solo instantes inconexos. El ser finito construye su identidad al narrarse, al grabar en su interior un flujo que se convierte en historia. Por eso, la muerte no interroga únicamente sobre el cuerpo, sino sobre esa huella interior: ¿a dónde va mi identidad? ¿Se disuelve o permanece?
III. La memoria como inscripción del ser
La memoria no es solo recuerdo, sino configuración del yo. A través de ella, el ser finito reordena sus experiencias y se reconoce. Somos memoria que se actualiza constantemente, que reelabora lo vivido y proyecta lo porvenir. El ser graba, y en ese grabar se sostiene.
E incluso si el cuerpo muere, ¿no será esa memoria —ese modo de ser grabado— susceptible de otra forma de existencia? Aquí se abre la posibilidad de una trascendencia que no niega el tiempo, sino que lo eleva: una memoria eternizada, no como repetición, sino como consumación.
IV. Actualidad, potencialidad y la vida post mortem
Desde la metafísica tomista, todo ser actualiza lo que antes estaba en potencia. La vida humana es una constante actualización: nacemos con potencialidades que, al desarrollarse, nos configuran como sujetos. Pero si hay en nosotros un principio espiritual —no reducible a la materia—, entonces esa actualización puede continuar más allá de la muerte.
El cristianismo propone que la identidad no se pierde, sino que se transfigura en la resurrección, no como restauración material exacta, sino como permanencia del yo en su totalidad. El cuerpo glorioso es la forma final de esa continuidad personal.
V. Conclusión: entre el ahora que pasa y el yo que permanece
El ser humano vive una paradoja: está siempre cambiando, pero se reconoce como el mismo. Es acto, pero también potencia. Vive en el tiempo, pero desea eternidad. Su yo está hecho de presente, pero hilado de pasado y proyectado hacia el porvenir.
Así como el barco de Teseo sigue siendo el mismo mientras cambia, yo soy yo mientras me transformo, porque hay algo —una forma, una memoria, una vocación de sentido— que permanece.
Y si ese “algo” tiene un origen divino, entonces su destino no puede ser la nada, sino la plenitud.
Simone Weil, la filósofa mística que nunca cruzó del todo el umbral de la Iglesia, escribió una vez con esa serenidad que solo da el sufrimiento: “Necesitamos santos. No héroes ni genios ni reformadores. Santos.” Y añadió: “Santos jóvenes. Porque solo ellos pueden enseñarnos a amar sin medida en un mundo que ha perdido el sentido del otro.”
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Décadas después, en un tiempo en que el mundo parece caminar con los ojos vendados hacia un abismo—entre guerras frías que se calientan, algoritmos que anestesian, democracias quebradas y relaciones líquidas—esa premisa cobra una vigencia escandalosa.
Y no es una coincidencia que León XIV, el nuevo Papa, la haya rescatado en su primera exhortación al mundo: “Nuestra época no necesita influencers, necesita santos. No predicadores de sí mismos, sino hombres y mujeres que hagan de su vida una ofrenda callada. Santos del servicio. Santos del otro.”
Estamos atrapados en una lógica cerrada, egocéntrica, donde todo gira en torno al yo: mi deseo, mi dolor, mi identidad, mi cuerpo, mi historia, mi derecho a narrarlo todo desde mi herida. Una cultura del narcisismo emotivo donde hasta la espiritualidad se convierte en autoafirmación.
Frente a esto, León XIV ha sido claro: “O volvemos a mirar al otro, o nos extinguimos. Porque el hombre no fue creado para mirarse al espejo eternamente, sino para lavar los pies de su hermano.”
Lo que este Papa propone no es una estrategia pastoral, ni una vuelta a las formas tradicionales, ni una “nueva primavera” eclesial. Es algo más elemental: volver al Evangelio como acto de servicio, de entrega y de descentramiento radical.
Un santo hoy no es alguien sin pecados. Ni alguien idealizado en vitral. Es, ante todo, alguien que ha dejado de mirarse a sí mismo como el centro del mundo. Alguien que ha aprendido a escuchar. Que sabe permanecer al lado del dolor sin huir ni banalizarlo. Alguien que hace de su tiempo un don y no una agenda.
En una época saturada de discursos, el Papa ha señalado que lo más urgente es testimonios callados. Vidas que irradien el bien sin necesidad de anunciarlo. “El santo no habla de amor,” dijo en una de sus homilías, “lo da.”
Y añadió algo aún más provocador: “La santidad no es perfección moral, es incapacidad de vivir para uno mismo.”
León XIV ha comenzado a canonizar y beatificar figuras que encarnan precisamente esto: jóvenes entregados al servicio, religiosas que mueren cuidando enfermos, laicos que renuncian al ascenso profesional para cuidar a sus padres con Alzheimer, adolescentes que dan testimonio entre el bullying y la pornografía, sin volverse mártires del ego.
Ya no busca coronar grandes intelectuales ni místicos lejanos. Busca vidas ordinarias vividas con extraordinario amor.
Y este viraje no es anecdótico. Es teológico: Porque el núcleo del cristianismo no es la autoafirmación, sino la oblación. No es “yo soy así”, sino “heme aquí”. No es “mírame”, sino “tómame y úsame para el bien del otro”.
Frente a un mundo donde hasta el bien se instrumentaliza como capital social (likes, reconocimiento, activismo performativo), el santo es un escándalo silencioso. Porque actúa por amor, no por imagen.
Con León XIV se ha trazado una línea firme: O seguimos fabricando una Iglesia que se mira en el espejo, buscando adaptarse a los likes del siglo, o nos convertimos en una Iglesia que se arrodilla, como el Maestro, ante el otro, el roto, el invisible, el sucio.
Porque lo contrario del narcisismo no es el moralismo. Es el servicio humilde. Y lo contrario de una Iglesia autorreferencial no es la modernización. Es el sacrificio cotidiano por amor.
Simone Weil lo intuyó. León XIV lo encarna.
Ambos, desde sus trincheras distintas, apuntan al mismo núcleo: El mundo no se salva con más diagnósticos. Se salva cuando alguien, como Cristo, se entrega hasta el extremo sin hacer alarde. Cuando una vida deja de hablar de sí y empieza a hablar del otro.
Y en eso consiste la santidad hoy. No en ser especial, ni único, ni puro. Sino en ser don. Pan partido. Agua ofrecida. Silencio que acoge. Mano que sirve.
El Papa León XIV ha entendido que el futuro no vendrá de las élites culturales ni de las estructuras eclesiales. Vendrá de los santos ocultos. De los que hoy, en medio del ruido, viven al estilo de Nazaret: en lo pequeño, en lo desapercibido, en lo fiel.
Y eso, aunque parezca poco, es lo único que verdaderamente puede cambiar el mundo.
Porque un alma que se ha olvidado de sí para amar al otro, vale más que mil proyectos humanitarios sin raíz.
Porque un santo basta para detener una guerra.
Y porque la santidad —real, concreta, encarnada— es el último camino que queda cuando todo lo demás ha fracasado.
Saints Against Narcissism.
The Spiritual Urgency Understood by Leo XIV
Israel Centeno
Simone Weil, the mystical philosopher who never fully crossed the threshold of the Church, once wrote with the serenity that only suffering can provide: “We need saints. Not heroes, not geniuses, not reformers. Saints.” And she added: “Young saints. For only they can teach us to love without measure in a world that has lost its sense of the other.”
Decades later, in a time when the world seems to walk blindly toward an abyss—amid warming cold wars, numbing algorithms, crumbling democracies, and liquid relationships—her statement is scandalously relevant.
And it is no coincidence that Leo XIV, the new Pope, echoed this call in his first exhortation to the world: “Our age does not need influencers. It needs saints. Not self-promoters, but men and women who make their lives a quiet offering. Saints of service. Saints for others.”
We are trapped in a closed and egocentric logic, where everything revolves around the self: my desire, my pain, my identity, my body, my story, my right to narrate it all from my wound. A culture of emotive narcissism where even spirituality becomes self-affirmation.
Faced with this, Leo XIV has been clear: “Either we return to seeing the other, or we disappear. Man was not made to gaze endlessly at himself in the mirror, but to wash his brother’s feet.”
What this Pope proposes is not a pastoral strategy, nor a return to traditional forms, nor a “new springtime” in the Church. It is something more elemental: to return to the Gospel as an act of service, surrender, and radical de-centering.
A saint today is not someone without sin, nor someone idealized in stained glass. Rather, it is someone who no longer sees themselves as the center of the world. Someone who has learned to listen. Who knows how to remain beside pain without fleeing or trivializing it. Someone who makes of their time a gift, not a schedule.
In an era flooded with discourse, the Pope insists on silent witnesses—lives that radiate goodness without having to proclaim it. “A saint doesn’t talk about love,” he said in one homily, “he gives it.”
And he added something even more provocative: “Holiness is not moral perfection; it is the inability to live for oneself.”
Leo XIV has begun canonizing and beatifying people who embody precisely this: young people given to service, religious women who died caring for the sick, laypeople who sacrificed professional advancement to care for aging parents, teenagers who witness amid bullying and pornography without becoming martyrs of their own ego.
He is no longer looking to crown great intellectuals or distant mystics. He seeks ordinary lives lived with extraordinary love.
And this is not anecdotal—it’s theological: Because the core of Christianity is not self-assertion, but oblative love. Not “this is who I am,” but “here I am.” Not “look at me,” but “take me and use me for the good of another.”
In a world where even goodness becomes social capital (likes, recognition, performative activism), the saint is a silent scandal. Because he acts out of love, not image.
With Leo XIV, a clear line has been drawn: Either we keep building a Church that stares into the mirror, trying to fit the preferences of the century, or we become a Church that kneels, like the Master, before the broken, the invisible, the unclean.
Because the opposite of narcissism is not moralism. It is humble service. And the opposite of a self-referential Church is not modernization. It is daily sacrifice out of love.
Simone Weil intuited it. Leo XIV embodies it.
Both, from different trenches, point to the same truth: The world will not be saved by more diagnoses. It will be saved when someone, like Christ, gives themselves fully, without fanfare. When a life stops speaking about itself and begins speaking of the other.
And that is what holiness means today. Not being special, or pure, or unique. But being a gift. Broken bread. Offered water. Silence that welcomes. A hand that serves.
Pope Leo XIV understands that the future will not come from cultural elites or ecclesial structures. It will come from hidden saints—from those who, amid the noise, live in the style of Nazareth: in smallness, obscurity, and fidelity.
And that, though it may seem small, is the only thing that can truly change the world.
Because a soul that forgets itself to love the other is worth more than a thousand rootless humanitarian projects.
Because one saint is enough to stop a war.
And because real, concrete, embodied holiness is the last path remaining when all others have failed.
One of the great intellectual frauds of modern thought was presenting Marxism as a science of history. What was sold to us as “historical materialism” —a tool to understand the evolution of societies— was nothing more than metaphysics disguised as analysis. Seemingly austere, rational, rigorous: at its core, Marxism is a narrative of redemption, a secular theology, a prophecy cloaked in philosophical jargon.
Marx held that history advances in successive phases, determined by the conflict between social classes: slaveholders and slaves, feudal lords and serfs, bourgeoisie and proletariat. To this logic, he added an inevitable direction: the final abolition of classes and the arrival of communism. Everything had to be subordinated to this binary mechanism —even the human being.
During the 20th century, this logic produced monsters. Marxism was not simply a failed theory. It was —and continues to be— a concrete threat when put into practice. The idea that one class —the proletariat— must assume the role of historical redeemer led to its transformation into a new elite, and even more: into a sacred class, infallible and unquestionable. Where Nazism sought the “superior man,” Marxism found its replacement: the “superior class.” And as with all sacred classes, its legitimacy derived not from its actions but from its supposed historical mission. Thus were born the gulag, the firing squad, the one-party system, the secret police, censorship, and the cult of the leader.
In the name of equality, the most extreme violence was justified. Because, we were told, to reach a classless society it was necessary to “reeducate” the bourgeois, purge the reactionary, silence the religious, eliminate the dissident. The tabula rasa of society —that egalitarian utopia— could only be imposed through the absolute State, by means of force, extermination, and terror.
But an even more radical objection must be made —and must be insisted upon—: the vision of history proposed by historical materialism is anti-historical. The history of humanity, from its origins, has not been a linear progression toward harmony, but a succession of displacements, conflicts, replacements, and power struggles. There has never existed —nor will there ever exist— a society without hierarchies, tensions, or relations of force. To attempt to abolish all that is not science: it is dogma. And to implement it in practice can only mean the crushing of difference.
Marxism does not understand inequality as a complex, dynamic, structuring reality, but as an absolute evil to be eradicated. Yet history cannot be built upon that assumption. Inequality is not simply an injustice to be corrected: it is an inherent condition of social life. There are biological, intellectual, spiritual, cultural, economic inequalities. The aim to homogenize society is not merely mistaken —it is totalitarian.
Here we reach an even deeper point: the metaphysical impossibility of the communist utopia. A humanity without conflict, without divergent interests, without power struggles, is a humanity that has ceased to be human. History is precisely the stage where those tensions are expressed, transformed, sublimated —or destroyed. To think that history can be closed with a perfect formula is to deny the tragic, the unpredictable, the free nature of human experience. It is to build hell in the name of paradise.
Absolute equality sounds beautiful. But when imposed by the State, it becomes a nightmare. Because it is not limited to equalizing opportunities: it demands equalizing wills, desires, aspirations, outcomes. And that can only be achieved by erasing the human. The price of total equality is zero freedom.
Marxism is not a science. It never was. It was a theology of resentment, a philosophy of power disguised as redemption. Its failure is not due to poor implementation, but to its very nature. It believed it could explain all of history with an economic formula. It never understood that peoples move not only for bread, but for meaning, for faith, for love, for glory, for fear, for tradition, for the soul.
And that is what Marxism never grasped: that history is not a straight line leading to the abolition of classes, but a living and chaotic fabric that will never cease searching for meaning among ruins, visions, orders, and ruptures.
When Marxism leaps from paper into praxis, it does not become a realized utopia but an oppressive caricature. Its concrete application almost automatically generates an ideological bureaucracy, a one-party dictatorship, an economy planned by committees that produce nothing, and a caste of commissars speaking in the name of a people they no longer hear. What was meant to be a revolution of the people ends up becoming a total State.
And from there, we descend into something even worse: anti-history.
There is nothing more anti-historical than using resentment and hatred as engines of change. True history is built with conflict, yes —but also with forgiveness, with redemption, with the will to transcend. Marxism does not seek that. Its praxis is fed by hatred: hatred of the boss, the rich, the entrepreneur, the different, the past. It is a machine for grinding bonds, symbols, memories. Marxism does not reform society: it breaks it down.
What real transformation can emerge from an ideology that elevates resentment to political virtue? What future can be built by a dictatorship of the proletariat that has never healed its wound —that defines itself not by what it loves, but by what it hates? What liberation can arise from a structure that centralizes all power in the hands of a bureaucratic class that declares itself “the voice of the oppressed” while building its own untouchable elites?
The so-called “dictatorship of the proletariat” is nothing but the replacement of one ruling class with another —equally authoritarian, but ideologically legitimized by a secular theology. There is no redemption there. Only repetition. Only violence justified by a future that never arrives.
Marxism in power produces neither liberty, nor equality, nor fraternity. It produces misery managed by bureaucrats, surveillance disguised as social justice, and a culture of fear wrapped in propaganda. Its fruits are not new free men, but monitored, uniformed subjects, amputated from their roots.
And that is not progress. It is the denial of human time.
Marxism as the Nightmare of the Enlightenment
Ultimately, Marxism is nothing but the nightmare of the Enlightenment: its most extreme delirium, its totalitarian shadow cast over the 20th century. It is the logical —and monstrous— culmination of a radical idea: that human reason, expressed as total social science, can redesign history, the economy, society, morality, and even the human soul.
Marxism is not science. It is the myth of science. A secular faith that believes it has deciphered the immutable laws of becoming —and that, in the name of this revealed knowledge, arrogates to itself the right to destroy all that does not fit: tradition, religion, property, family, language, beauty, freedom.
Where the Enlightenment dreamed of emancipating man through reason, Marxism radicalized that dream and turned it into machinery. It is no longer enough to think freely: now everything that obstructs the classless paradise must be abolished. And that “everything” includes everything: humanity itself.
The result has not been paradise, but concentration camps, the absolute State, messianic bureaucracy, hate systematized as politics, extermination in the name of the common good. And the erasure of history.
Marxism did not save the people. It pushed them to repeat their wounds under new masters. It did not liberate man. It chained him to an ideology that believed itself infallible.
And all of it, in the name of reason.
El Materialismo Histórico como Mito Antihistórico
Israel Centeno
Uno de los grandes fraudes intelectuales del pensamiento moderno fue presentar el marxismo como una ciencia de la historia. Lo que se nos vendió como “materialismo histórico” —una herramienta para comprender la evolución de las sociedades— no fue más que una metafísica disfrazada de análisis. Aparentemente austero, racional, riguroso: en el fondo, el marxismo es una narración de redención, una teología laica, una profecía camuflada en jerga filosófica.
Marx sostuvo que la historia avanza en fases sucesivas, determinadas por el conflicto entre clases sociales: esclavistas y esclavos, señores feudales y siervos, burgueses y proletarios. A esta lógica le impuso una dirección inevitable: la abolición final de las clases, la llegada del comunismo. Todo debía estar subordinado a esta mecánica binaria. Incluso el ser humano.
Durante el siglo XX, esta lógica produjo monstruos. El marxismo no fue simplemente una teoría fallida. Fue, y sigue siendo, una amenaza concreta cuando se convierte en praxis. La idea de que una clase —el proletariado— debe asumir el papel de redentor histórico condujo a su conversión en una nueva élite, y más aún: en una clase sagrada, infalible, incuestionable. Allí donde el nazismo buscó al “hombre superior”, el marxismo encontró su reemplazo: la “clase superior”. Y como toda clase sagrada, su legitimidad derivaba de su supuesta misión histórica, no de sus actos. De ahí nacieron el gulag, el paredón, el partido único, la policía secreta, la censura, el culto al líder.
En nombre de la igualdad, se justificó la violencia más extrema. Porque, se nos decía, para alcanzar la sociedad sin clases era necesario “reeducar” al burgués, purgar al reaccionario, silenciar al religioso, eliminar al disidente. La tabula rasa social —esa utopía igualitaria— solo podía imponerse desde el Estado absoluto, mediante la fuerza, el exterminio y el terror.
Pero hay una objeción más radical que puede hacerse —y debe hacerse— al materialismo histórico: su visión de la historia es antihistórica. La historia de la humanidad, desde sus orígenes, no ha sido una progresión lineal hacia la armonía, sino una sucesión de desplazamientos, conflictos, reemplazos, luchas por el poder. No existe, ni ha existido jamás, una sociedad sin jerarquías, sin tensiones, sin relaciones de fuerza. Pretender abolir todo eso no es ciencia: es dogma. Y llevarlo a la práctica solo puede hacerse por la vía del aplastamiento de la diferencia.
El marxismo no entiende la desigualdad como una realidad compleja, dinámica, estructurante, sino como un mal absoluto que debe ser extirpado. Pero la historia no puede construirse sobre ese supuesto. La desigualdad no es simplemente una injusticia a corregir: es una condición inherente a la vida social. Hay desigualdades biológicas, intelectuales, espirituales, culturales, económicas. La pretensión de homogeneizar la sociedad no es solo equivocada: es totalitaria.
Y aquí entramos a un plano más profundo: la imposibilidad metafísica de la utopía comunista. Una humanidad sin conflicto, sin intereses divergentes, sin lucha por el poder, es una humanidad que ha dejado de ser humana. La historia es, precisamente, el escenario donde esas tensiones se expresan, se transforman, se subliman —o se destruyen. Pensar que se puede clausurar la historia con una fórmula perfecta es negar lo trágico, lo imprevisible, lo libre de la experiencia humana. Es construir un infierno en nombre del paraíso.
La igualdad absoluta suena hermosa. Pero cuando se impone desde el Estado, se convierte en pesadilla. Porque no se limita a igualar oportunidades: exige igualar voluntades, deseos, aspiraciones, resultados. Y eso solo puede lograrse anulando lo humano. El precio de la igualdad total es la libertad cero.
El marxismo no es una ciencia. No lo fue nunca. Fue una teología del resentimiento, una filosofía del poder encubierta de redención. Su fracaso no se debe a una mala implementación, sino a su propia naturaleza. Pensó que podía explicar toda la historia con una fórmula económica. No entendió que los pueblos no se mueven solo por el pan, sino por el sentido, por la fe, por el amor, por la gloria, por el miedo, por la tradición, por el alma.
Y es eso lo que el marxismo nunca pudo entender: que la historia no es una línea recta que termina en la abolicón de las clases, sino un tejido vivo y caótico que nunca dejará de buscar su sentido entre ruinas, visiones, órdenes y rupturas.
El marxismo, al pasar del papel a la praxis, no se transforma en una utopía realizada, sino en su caricatura opresiva. Su aplicación concreta genera, de manera casi automática, una burocracia ideológica, una dictadura de partido único, una economía planificada por comités que nada producen y una casta de comisarios que hablan en nombre de un pueblo al que no escuchan. Lo que debía ser una revolución del pueblo termina convirtiéndose en un Estado total.
Y de allí pasamos a lo más grave: la antihistoria.
No hay nada más antihistórico que utilizar las fuerzas del resentimiento y el odio como motores del cambio. La historia verdadera se construye con conflicto, sí, pero también con perdón, con redención, con voluntad de trascendencia. El marxismo no busca eso. Su praxis se alimenta del odio: odio al patrón, odio al rico, odio al empresario, odio a la diferencia, odio al pasado. Es una máquina de triturar vínculos, símbolos, memorias. El marxismo no reforma la sociedad: la descompone.
¿Qué transformación real puede surgir de una ideología que convierte el rencor en virtud política? ¿Qué futuro puede edificar una dictadura del proletariado que no ha superado su herida, que se define no por lo que ama, sino por lo que odia? ¿Qué liberación puede surgir de una estructura que centraliza todo el poder en manos de una clase burocrática que se autoproclama “vocera de los oprimidos” mientras construye sus propias élites intocables?
La llamada “dictadura del proletariado” no es más que la sustitución de una clase dominante por otra, igual de autoritaria, pero legitimada ideológicamente por una teología secular. No hay redención posible allí. Solo repeticón. Solo violencia justificada por un futuro que nunca llega.
El marxismo, en el poder, no genera libertad, ni igualdad, ni fraternidad. Genera miseria gestionada por burócratas, vigilancia encubierta de justicia social, y una cultura del miedo envuelta en propaganda. Sus frutos no son nuevos hombres libres, sino sujetos vigilados, uniformados, amputados de sus raíces.
Y eso no es progreso. Es negación del tiempo humano.
El marxismo como pesadilla de la Ilustración
En definitiva, el marxismo no es otra cosa que la pesadilla de la Ilustración: su delirio más extremo, su sombra totalitaria proyectada sobre el siglo XX. Es la culminación lógica —y monstruosa— de una idea radical: que la razón humana, expresada como ciencia social total, puede rediseñar la historia, la economía, la sociedad, la moral y hasta el alma del ser humano.
El marxismo no es ciencia. Es el mito de una ciencia. Una fe laica que cree haber descifrado las leyes inmutables del devenir, y que, en nombre de ese conocimiento revelado, se arroga el derecho de destruir todo lo que no encaje: tradición, religión, propiedad, familia, lenguaje, belleza, libertad.
Donde la Ilustración soñaba con emancipar al ser humano mediante la razón, el marxismo radicaliza ese sueño y lo convierte en maquinaria. Ya no basta con pensar libremente: ahora hay que abolir todo lo que impida el advenimiento del paraíso sin clases. Y ese “todo” lo incluye todo: lo humano mismo.
El resultado no ha sido el paraíso, sino el campo de concentración, el Estado absoluto, la burocracia mesiánica, el odio sistematizado como política, el exterminio en nombre del bien común. Y el olvido de la historia.
El marxismo no salvó a los pueblos. Los empujó a repetir sus heridas bajo nuevos amos. No liberó al hombre. Lo encadenó a una ideología que se creyó infalible. Y todo eso, en nombre de la razón.
The human brain is a structural marvel: complex, functional, alive. It is the operations center where stimuli are processed, memories stored, motor responses organized, and commands executed. From it, the heart is regulated, light becomes color, vibration becomes sound, loss becomes pain. It is, without doubt, the most powerful biological device known to science. But it is not consciousness.
We can observe the brain through MRIs, dissect its lobes, stimulate specific regions electrically, identify patterns in its activity. But no brain scan has ever shown us where a metaphor is born, where a heroic decision takes shape, where forgiveness forms. The brain can become saddened, can release substances that bring us down or lift us up, but it does not know what it is to be sad. It does not know what sadness feels like. Or joy. Or love. The how of emotion, its infinite shades, are not generated in the flesh — they pass through it, but they are not reducible to it.
This is the abyss David Chalmers called the “hard problem of consciousness”: to explain how qualia —subjective sensations— arise from a purely physical basis. Even if we fully understood the mechanisms that accompany an emotion, we would still have no idea why it feels the way it does. Thomas Nagel put it starkly: “there is something it is like to be a bat,” and no third-person description can capture that first-person experience. The question at hand is not a technical mystery — it is an ontological rupture.
Even emergentism —the idea that consciousness arises as a higher-order property of organized matter— dissolves under scrutiny. It does not explain why or how this emergence occurs; it merely asserts it. But to name is not to explain. To say that consciousness is an epiphenomenon is to admit we have no clue what we are talking about.
Panic cannot be described from the inside. We can list its signs: racing heart, sweating, disordered thoughts. But the core of panic —that overwhelming, uncontrollable presence— is ineffable. Two people can experience the same event —a reunion, a wound, a humiliation— and yet feel utterly different. Because every consciousness is a sealed world, accessible only to itself. And that difference in experience, unique and irreducible, can be found in no fold of the temporal lobe.
The flesh —the body, the brain, the grey matter— is the center of operations. But it is not the seat of the soul. At best, it is the stage. At worst, a prison. What is felt —what is truly lived— cannot be captured by measurements or algorithms. The lab can induce chemical pleasure, but it cannot produce the sweetness of a remembered song in the midst of grief. It can simulate anxiety, but not the internal cry of one who loves and is not loved.
Physicist Roger Penrose sensed this from another angle: if consciousness were computable, then an algorithm could replicate it. But it is not. Reproducing neural connections is not enough. There is a presence —an interiority— that is not reducible to code or calculation. As Wittgenstein observed, “subjective experience cannot be shared; it can only be shown.”
We might attempt to write an equation:
Consciousness = f(brain) + X
And that X is everything that escapes. Everything that doesn’t fit into machines. Everything that makes me me, and you you. That irreducible remainder is what gives rise to freedom, identity, art, and faith. It is that remainder which allows someone, in the midst of hunger or pain, to give their life for another. It is there that the will is born which defies self-preservation, there where an ethic appears that does not obey evolutionary logic.
That remainder —ignored by reductionism, vaguely gestured at by emergentism— is, for some, the trace of a soul. Or at least, a sign that there is something in us that is not merely physical. Something that can be wounded without touching the body. Something that can burn without fever.
To deny this is to deny experience itself. And not even the most advanced science can do that without betraying itself.
Español
El misterio de la conciencia
Por Israel Centeno
El cerebro humano es una maravilla estructural: complejo, funcional, activo. Es el centro de operaciones donde se procesan estímulos, se almacenan recuerdos, se organizan respuestas motoras, se ejecutan comandos. Desde allí se regula el ritmo del corazón y se interpreta la luz como color, la vibración como sonido, la pérdida como dolor. Es, sin duda, el dispositivo biológico más poderoso conocido por la ciencia. Pero no es la conciencia.
Podemos observar el cerebro con resonancias magnéticas, diseccionar sus lóbulos, excitar regiones específicas con estímulos eléctricos, identificar patrones en su actividad. Pero ninguna imagen cerebral nos ha mostrado aún dónde se produce una metáfora, dónde nace una decisión heroica, dónde se forma el perdón. El cerebro puede entristecerse, puede liberar sustancias que nos abaten o que nos elevan, pero no sabe qué es estar triste. No sabe cómo se siente la tristeza. Ni la alegría. Ni el amor. El cómo experienciamos las emociones, los matices infinitos del sentir, no se genera en la carne: atraviesa la carne, pero no es reducible a ella.
Este es el abismo que David Chalmers llamó “el problema duro de la conciencia”: explicar cómo surgen los cualia, las sensaciones subjetivas, desde una base puramente física. Por más que entendamos todos los mecanismos cerebrales que acompañan una emoción, seguimos sin poder explicar por qué esa actividad se siente de una forma determinada. En palabras de Thomas Nagel, “hay algo que es ser un murciélago”, una vivencia desde dentro, y eso no puede ser reducido a una descripción externa. Lo que está en juego aquí no es un misterio técnico, sino ontológico.
Incluso el emergentismo —esa postura filosófica que intenta salvar al materialismo diciendo que la conciencia emerge como propiedad superior de la materia compleja— termina desdibujando el problema. No explica por qué o cómo ocurre esa emergencia. Solo lo postula como si nombrarlo fuese suficiente. Pero nombrar no es explicar. Decir que la conciencia es un epifenómeno es confesar que no la entendemos.
No se puede relatar cómo se siente el pánico. Podemos enumerar sus signos: sudoración, taquicardia, desorden mental. Pero el núcleo del pánico —esa presencia devastadora, incontrolable, abrumadora— es inefable. Dos personas pueden vivir un mismo hecho: un reencuentro, una herida, una humillación. Pero cada una sentirá de modo distinto. Porque cada conciencia es un mundo cerrado al que solo accede su dueño. Y esa diferencia experiencial, única, irreductible, no puede localizarse en ningún pliegue del lóbulo temporal.
La carne, vuelvo a repetir, es el centro de operaciones. Pero no es el lugar donde se manifiesta el alma. En el mejor de los casos, es el escenario. En el peor, una cárcel. Lo que se siente —lo que en verdad se vive— no se deja atrapar por mediciones ni algoritmos. El laboratorio puede inducir placer químico, pero no puede producir la dulzura de una canción recordada en medio de la tristeza. Puede simular angustia, pero no el llanto interior de quien ama y no es amado.
El físico Roger Penrose lo intuyó desde otra orilla: si la conciencia fuera computable, entonces un algoritmo podría replicarla. Pero no lo es. No basta con reproducir conexiones. Hay una presencia, una interioridad, que no es reducible a código ni a cálculo. Como también sospechó Wittgenstein: “la experiencia subjetiva no se puede compartir; solo se puede mostrar”.
Podríamos escribir una ecuación:
Conciencia = f(cerebro) + X
Y ese X es todo lo que escapa. Todo lo que no entra en las máquinas. Todo lo que hace que yo sea yo, y tú seas tú. Es ese resto irreductible que funda la libertad, la identidad, el arte, la fe. Es ese resto el que hace posible que alguien, en medio del hambre o del dolor, decida dar su vida por otro. Es ahí donde nace la voluntad que contradice el instinto de conservación, la ética que no obedece a la lógica de la especie.
Ese resto —que el reduccionismo ignora y el emergentismo apenas insinúa— es, para algunos, la huella de un alma. O al menos, el signo de que hay algo en nosotros que no es meramente físico. Algo que puede ser herido sin tocar el cuerpo. Algo que puede arder sin fiebre.
Negar esto es negar la experiencia misma. Y eso, ni la ciencia más avanzada puede hacerlo sin traicionarse.
La modernidad es una palabra cargada, pesada como una promesa no cumplida. A lo largo de los siglos ha significado distintas cosas: para unos, el triunfo de la razón; para otros, la traición de los dioses. En su acepción más general, la modernidad ha sido entendida como el proceso de ruptura con el mundo tradicional —con sus jerarquías teocráticas y su cosmovisión cíclica. Es la era del tiempo lineal, del progreso, de la fe en el hombre, en la ciencia, en el Estado-nación, en la técnica.
Su comienzo es debatido: algunos lo sitúan en el Renacimiento, otros en la Reforma protestante, la Revolución Francesa o la Ilustración. Para algunos, la modernidad nace con el reloj mecánico; para otros, con el contrato social. Su mito fundacional radica en la idea de emancipación: liberarse del dogma, de la ignorancia y de la servidumbre.
Pero esa narrativa ha sido desmentida por la historia. La modernidad, en su avance triunfal, trajo también la colonización, el racismo científico, la explotación de cuerpos y tierras, la guerra total, los campos de concentración, la bomba atómica, la fábrica, el algoritmo.
La modernidad trajo el totalitarismo y la democracia, el populismo y el nacionalismo. Desató los ideales de los derechos universales mientras diseñaba nuevos sistemas de vigilancia y control. Parió la república liberal y el campo de concentración. La misma racionalidad que imaginó el contrato social optimizó la eficiencia del genocidio. La modernidad es una herencia ambigua: dio voz a la emancipación y herramientas para silenciarla. Es tanto la imprenta como el algoritmo que alimenta la desinformación. Es revolución y represión, utopía y catástrofe.
Después de la posmodernidad —ese tiempo de fragmentación, escepticismo, disolución del sujeto y del sentido—, ¿qué queda de la modernidad?
Modernidades múltiples: geografía de una idea fracturada
Hoy, hablar de modernidad implica reconocer que no hay una sola. Existen modernidades múltiples, desiguales y contradictorias.
En Europa Occidental, la modernidad es una memoria melancólica: se asocia con el Estado de bienestar, con la utopía ilustrada ya marchita, con los valores humanistas en crisis. Es un legado que pesa y al que muchos ya no saben cómo responder.
En Estados Unidos, la modernidad sigue siendo una promesa de expansión, de mercados, de innovación tecnológica. Allí, el ideal moderno se mezcla con la fe en el progreso digital y la reinvención permanente del sujeto. Silicon Valley es su nuevo Vaticano.
En América Latina, la modernidad se ha vivido como una importación fallida, una quimera imitativa que nunca llegó del todo —o que llegó de forma brutal y selectiva. Fue un modelo urbano impuesto sobre la periferia, que coexiste con prácticas ancestrales, informalidad estructural y una “modernidad a medias” que convive con lo arcaico.
En África y partes de Asia, la modernidad se entrelaza con las heridas del colonialismo. Es a la vez aspiración y trauma. En algunas zonas, todavía es sinónimo de electricidad, agua potable, alfabetización. En otras, significa despojo, minería extractiva y urbanización salvaje.
En el mundo islámico, la modernidad occidental se mira a menudo con desconfianza: como un cuerpo sin alma, una racionalidad sin Dios. Muchos movimientos actuales surgen como resistencia identitaria ante una modernidad secularizante percibida como agresión.
En los márgenes, en los exilios, en las zonas grises, la modernidad es una promesa rota —o una promesa por venir. En Venezuela, por ejemplo, muchos la recuerdan como un tiempo en que los ascensores funcionaban y las bibliotecas estaban abiertas. Un pasado mejor que el presente, aún soñado como futuro.
¿Desde dónde se ve, desde dónde se vive?
La modernidad no es lo mismo vista desde el centro que desde la periferia. No es igual para quien la construyó que para quien la padeció. No significa lo mismo para quien vive en una ciudad inteligente que para quien carga agua en un bidón. La modernidad no es solo un sistema de ideas, sino una experiencia encarnada: se huele, se siente, se sufre, se pierde.
Y tampoco es igual para quien la vivió, que para quien nunca la alcanzó.
En este sentido, la modernidad se ha convertido en una categoría relacional y desplazada: no se trata tanto de saber si estamos o no en ella, sino desde dónde la narramos, qué parte nos tocó, qué promesa nos fue negada.
¿Qué queda? ¿Qué sigue?
Después de la posmodernidad, lo que queda no es un regreso a la modernidad, sino una revisión crítica. Ya no se cree ciegamente en el progreso. Ya no se espera que la técnica redima al hombre. Pero tampoco se ha encontrado un nuevo mito fundante.
Quizás lo que toca ahora es una modernidad con memoria, una modernidad consciente de sus propias ruinas. Una modernidad que no se imponga como dogma, sino que escuche. Una modernidad que, en lugar de borrar las diferencias, aprenda a convivir con ellas.
Una modernidad humilde, si es que eso es posible.
Si la modernidad fue una promesa —de emancipación, de progreso, de razón—, la globalización fue su multiplicación exponencial, su salto al espacio virtual, su pretensión de ubicuidad. En nombre de la globalización se habló de interconexión, de aldeas planetarias, de mercados libres, de ciudadanía global.
Pero hoy, desde muchas latitudes, la globalización aparece como otro fracaso —o peor: como la revelación de una mentira bien vendida. No igualó las oportunidades. No cerró brechas. No conectó a todos de forma simétrica. Lo que hizo fue ampliar los abismos, estandarizar el consumo sin democratizar el acceso, y profundizar las asimetrías entre centro y periferia, norte y sur, incluidos y descartables.
Desde Caracas, Lagos, Nairobi, La Paz o El Cairo, la globalización no se experimenta como una fiesta, sino como un evento VIP al que no se entra. Y lo más grave: como una trampa lingüística, un relato construido desde los centros de poder que convierte en “progreso” lo que para muchos significa desarraigo, deuda, hambre o migración forzada.
¿Y qué tiene que ver esto con la modernidad?
Todo.
La modernidad, en sus inicios, fue también una forma de control: del tiempo, del cuerpo, de la narrativa histórica. La globalización retoma esa vocación, pero con herramientas más sofisticadas. En lugar de colonizar con barcos, se coloniza con datos, con deuda externa, con algoritmos de consumo, con Netflix y con Google Translate. Con tratados que favorecen a unos y condenan a otros. Con muros invisibles que no aparecen en los mapas, pero que dividen con la misma violencia que los antiguos imperios.
Los abismos
Vivimos en un mundo donde las desigualdades no solo persisten, sino que se digitalizan y se normalizan. Un niño que aprende por TikTok en las afueras de Tegucigalpa está viendo los mismos contenidos que otro en Berlín. Pero uno tiene acceso a una vida con derechos, y el otro no.
La globalización ha uniformado la forma de desear, pero no la de alcanzar. Ese es uno de sus grandes fraudes: hizo global la frustración, pero no la justicia.
Entonces, ¿qué hacer?
No se trata de rechazar toda forma de modernidad o globalización, sino de desenmascararlas —de comprender desde qué lugares se imponen y con qué fines. Se trata de exigir una reapropiación crítica de lo moderno, una lectura desde los márgenes, desde los cuerpos rotos, desde quienes no acceden a la narrativa hegemónica pero resisten con su lengua, con su memoria, con su forma de nombrar el mundo.
Y también se trata de recordar que la historia no ha terminado, que los relatos dominantes pueden cambiar, que existe otra modernidad posible: una que no se construya sobre cadáveres ni sobre la exclusión, sino sobre la justicia, la escucha y la pluralidad radical.
El deseo desigual y el espejismo de la equidad global
Para todo el mundo el deseo no es igual, aunque el objeto del deseo sea compartido. Esa es una de las paradojas más profundas del mundo contemporáneo. El mismo teléfono, la misma marca de ropa, la misma universidad o la misma visa Schengen despiertan pasiones distintas en Berlín que en La Habana, en Oslo que en Tegucigalpa. El deseo no es universal: es situado, histórico y atravesado por el abismo.
La promesa del progresismo global, en sus versiones más ingenuas o arrogantes, ha sido la de una equidad sin diferencias, una nivelación utópica que desconoce las condiciones materiales, espirituales y simbólicas de las distintas latitudes del mundo. Hablan de inclusión, pero solo incluyen lo que se pliega al formato. Hablan de igualdad, pero exigen primero la renuncia a toda identidad profunda. Y cuando esa equidad no llega —porque no puede llegar sin violencia simbólica o material—, entonces la respuesta es más control, más censura, más pedagogía obligatoria.
Lo que se presenta como “igualdad” es muchas veces una forma sofisticada de neo-posmo-colonialismo, donde no se impone un idioma o una bandera, sino un marco de deseo, una lista de lo que se debe querer y cómo se debe vivir para ser “moderno”, “progresista” o “del mundo”.
Pero el deseo, allí donde es genuino, resiste. Hay pueblos que desean otra cosa. Que desean sin querer pertenecer. Que imaginan la vida más allá del algoritmo, de la carrera del éxito, de la corrección política o de la última serie de HBO. Y por eso son vistos como amenaza.
La globalización del deseo sin la globalización de los medios para alcanzarlo es una fuente inagotable de frustración sistémica. Y esa frustración no produce revolución, sino desesperanza, resentimiento, fuga o cinismo. Se convierte en enfermedad psíquica global. En trauma histórico distribuido digitalmente.
La única forma de resistir no es uniformar el deseo, sino reconocerlo en su singularidad. Asumir que el ideal de equidad debe nacer desde abajo, desde los contextos vivos, y no ser impuesto desde salones académicos o plataformas filantrópicas. De lo contrario, seguiremos sembrando la misma paradoja: una promesa de justicia que produce nuevas formas de exclusión.
No patience left. Zero mercy. Ya gasté todo eso back en mis madrugadas de lectura, devoción al dust de libros que nadie quería, escribiendo intros y prólogos que ni el editor hojeó, subrayando frases que shining in the dark —like veins pumping español vivo. ¿Pa’ qué? ¿What for? To come to this circus called literatura. To end up in este catálogo de autoficción raquítica, thrillers overhormonados, poetitas que escriben como si Alexa fuera su ghostwriter.
What happened, ah? ¿Quién fue el bruto que dejó la puerta abierta pa’l algoritmo? Éramos papás del criterio, o eso creíamos. La literatura de este century ni existe: there’s only “contenido”. Sí: contenido, como cajas vacías, como basura digital. Historias en fila, textos instant, fake pasión, todo sabe a microwave de likes y comentarios reciclados —nothing stays, nothing cuts deep.
¿Innovation? ¿Exigencia real? None. Editoriales no editan. Los lectores barely leen: scan, absorb, siguen pa’lante. Y los premios… mejor ni hablo. It’s pain Olympics, trauma trophies, ratings of who suffered best. Gana el ego, el autor con la bio más tragic, pero nunca the writer que arriesga con el craft.
Let’s talk about covers, por Dios. ¿Qué pasa allí? Parecen hechas by sugar-high monkeys con Canva premium. Frambuesas neon, petals pixelados, screensaver vibe estallando como candy bombs en la cara del wannabe reader. Boom, another dose of trauma-lit para tu Netflix mental.
And lo más triste: it works. Se vende, se promueve, se reproduce like humid mushrooms after the rain. Like viruses. Like memes you swore you’d never laugh at pero terminas compartiendo. Decay as business model.
I come from el fondo. Leía a Ramos Sucre low-voice, quedito, let Hanni Ossott haunt en mis madrugadas. I shake cuando recuerdo a Cabrujas y ese hombre solo enfrentando la doblez de una mujer mentirosa —puro peso en cada sílaba. Now: palabras balloon, floating helium without weight.
What happened to beauty? Al riesgo? Al esthetic rush de una frase perfecta? I tell you, don’t look up there. La literatura se ha hidden. Vive en damp sótanos, en manuscritos never published, en memos de los que todavía buscan esa oración que pincha. Allá afuera: vitrinas bombardeadas de pink cakes-books, noise y cheap perfume que se pudre before you finish reading the blurb.
Esto se decoró hasta morir.
So aquí estoy, llorando page abajo. Rage, fire, diccionario en mano, my only shield. Where does all this lead? Esta manía de autopromo infinita, fake reviews, egofestivals where writers clap for each other —actorazos de una obra sin público. ¿Quién critica, who brings order tras el caos? In this stream, no canon survives, no Bloom to guide (te extraño, Harold —not Joyce’s Stephen!). Old priest que intentó sostener el templo with a trembling hand. Authority list, elitist y lo que quieras—but daba north, daba mapa.
Now we got cell phones illuminating covers made by yogurt marketing interns. Alboroto, puro hype.
Me quedé alone. With Borges, with his link-dreams more real que hyperlink. Mapas, bibliotecas; no stories for likes, pero dialogues in secreto que se han olvidado in the hashtag era.
Anacrónico, me dicen. I know—con cada ghost invita, con cada missing prize. Now they celebrate pet novels en ciudades beige.
But I still read.
Conrad susurra desde puertos infectos, The Iliad aún thunderstruck, smell of gunpowder y madera in el mar de piratas chinos; Thursday men, opium-eaters in Limehouse, the Finn and Norse sagas chilling my bones with ancientsnow.
Ese es mi barrio literario. From there, I look at today’s carnival like a deserted feria: wet confetti, fake laughs, books that would rather be IG posts que volumen en anaquel.
Where’s the holy fear? The razor-sharp thrill of a killer sentence?
Rezo sin fe, lancing myself al océano de unpublished, manuscript beaches. Hay libros que don’t give in. Libros que no buscan ranking ni retweet —libros tercos que resist.
And those, aunque nadie los namecheck, están ahí. Still burning, still waiting, en el subsuelo, todavía.