Israel Centeno

“No hay rasgo alguno de la realidad humana que no haya sido asumido por Cristo, salvo el pecado. Así, la esperanza cristiana es la certeza de que el amor de Dios es más fuerte que cualquier mal, y que la victoria de Cristo es definitiva, aunque todavía no plenamente manifestada”
(cf. Catecismo, nn. 602-605, 1040-1041).
Iván Karamazov no niega a Dios: le devuelve el billete. No se rebela contra la existencia del Todopoderoso, sino contra el precio de entrada a un mundo donde un niño es torturado y asesinado. Si la redención universal requiere ese pago, él no lo acepta. El gesto es literario, pero encierra una de las objeciones más radicales jamás formuladas a la teología cristiana: la idea de un bien mayor que justifica todo sufrimiento.
Desde un punto de vista ontológico, el mal no posee ser en sentido estricto: es privación, una ausencia parasitaria de lo que debería estar y no está. Pero aunque sea metafísicamente secundario, su experiencia es devastadoramente primaria. El mal hiere, fractura, humilla. Que no tenga sustancia no lo hace menos real. Por eso, la pregunta no es solo qué es el mal, sino por qué duele tanto. Y más aún: ¿puede el mal, en su gratuidad infernal, tener un lugar en un mundo redimido?
La teología de Tomás de Aquino responde que sí. Dios permite el mal —dice— no porque lo quiera, sino porque, en su sabiduría, puede sacar de él un bien mayor. Para Tomás, lo que más importa no es la ausencia de dolor, sino la comunión de amor. La soledad elegida —esa negativa a abrirse al otro— es, para él, la peor condena. Y el sufrimiento, si nos une en amor, puede transformarse en medicina. La cruz de Cristo no fue la negación del mal, sino su carga asumida hasta el extremo, para que ya no sea absurdo sufrir solo.
Pero Iván no pregunta desde la metafísica. Pregunta desde el espanto. ¿Puede un mundo donde se ha quebrado la inocencia más pura —una niña muerta de frío en un sótano, un niño devorado por los perros frente a su madre— ser salvado? ¿Tiene sentido una felicidad eterna si está construida sobre la sangre de los inocentes? ¿Es justo el paraíso si en él reposa, junto al santo, también el verdugo, lavado en el último segundo por la misericordia?
Estas no son objeciones abstractas. Son preguntas que tocan la entraña de la fe. Si todo es perdonado, ¿qué significa la justicia? Si el amor de Dios puede salvar incluso al más abyecto, ¿no es eso una traición a las víctimas?
Frente a estas objeciones, la teología solo puede responder con temor y temblor. No hay respuesta racional que pueda consolar a la madre cuyo hijo fue asesinado. Pero hay una promesa: que en el corazón trinitario de Dios, cada lágrima será recogida, cada herida resarcida, y cada historia transfigurada sin negar el horror, sino abrazándolo con una compasión más honda que la lógica. La redención cristiana no es amnesia. Es transfiguración. No borra el mal, pero le roba su última palabra.
Ahora bien, esta promesa tiene un riesgo: el escándalo de la misericordia. Porque si Dios puede redimir incluso a quien ha encarnado el mal —Hitler, Stalin, o el más anónimo de los asesinos—, entonces el cielo no será un club de justos, sino un coro de rescatados. La lógica de la gracia no es distributiva, sino desbordante. La justicia divina no se mide en equivalencias, sino en reconciliación.
Por eso, el “no” de Iván, aunque desgarrador, es necesario: recuerda el precio que el mal inflige sobre la inocencia. Pero no puede ser la última palabra. Porque si la redención es verdadera, debe ser capaz de restaurar no solo el alma del pecador, sino también la confianza de la víctima en un amor que no la abandonó.
Devolver el billete es un gesto ético de enorme dignidad. Aceptar el misterio de la redención es un acto de fe que no niega el dolor, pero espera que, más allá de la muerte, incluso el horror pueda ser asumido, tocado, llorado y finalmente redimido por un Dios que no vino a explicar el sufrimiento, sino a sufrirlo con nosotros
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